The Waves —olas que rompen inexorablemente acompañadas del sonido del mar— introduce un nuevo aspecto, el de la interactividad. A medida que el espectador se acerca a la pantalla, el movimiento de la imagen se ralentiza hasta detenerse por completo. El sonido, cada vez más grave a medida que se ralentiza, también se detiene. Por el contrario, cuando el visitante se aleja, la imagen recupera progresivamente su ritmo normal y el sonido vuelve a su ritmo habitual. Más allá de la aparente simplicidad del dispositivo, esta obra resulta compleja por la singular relación que establece con el espectador entre la poesía y la melancolía ante el tiempo que se decide suspender o no.
Para Thierry Kuntzel, The Waves es, en definitiva, «un homenaje a Virginia Woolf (al libro que lleva ese título), a su escritura, a su invención del tiempo, a su persona, a esa vida siempre al borde del ahogamiento (que fue su final real), entre el terror y el éxtasis».